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domingo, 9 de diciembre de 2012

'La felicidad es un antídoto': científico colombiano

Entrevista muy interesante realizada al científico Colombiano Alejandro Jadad, publicada en el diario El Tiempo de Colombia el 9 de diciembre de 2012 que nos incita a reflexionar sobre lo que consideramos como felicidad. Los invito a que la lean y saquen sus conclusiones y envíen sus comentarios al respecto.

 Eugenio Therán.


 Con un grupo de 30 expertos, Alejandro Jadad se encargó de redefinir el concepto de salud creado por la OMS.

Alejandro Jadad fue catalogado como uno de los genios que van a cambiar el mundo en este siglo "Lo que me hace más feliz es no saber", dice el científico colombiano Alejandro Jadad, que en el 2005 fue escogido por la revista Time como uno de los genios que cambiarán al planeta en este siglo. El verbo que lo identifica, en consecuencia, es 'preguntar'. Y fue, justamente, con una pregunta -muy simple, en apariencia- que este anestesiólogo con doctorado en síntesis del conocimiento y tratamiento del dolor de la Universidad de Oxford causó revuelo internacional: "¿Qué es la salud?", interpeló a un grupo de expertos reunidos, en el 2008, durante la celebración de los 60 años de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El auditorio se quedó en silencio. También hubo risas. "Me motivó no saber la respuesta. Luego me dijeron, 'usted nos metió en este lío, usted nos saca'. Un año después estaba con 30 expertos en La Haya, creando un nuevo concepto de salud". Nacido en Cereté (Córdoba) y de 49 años, Jadad es fundador y director del Centre for Global eHealth Innovation, de la Universidad de Toronto (Canadá), una red de más de 3.000 personas en el mundo que apoya proyectos de innovación en los que participan gigantes tipo Disney y Apple, y asesora a gobiernos, como China y Luxemburgo, que quieren cambiar sus sistemas de salud para buscar un mayor bienestar en sus habitantes. Jadad estuvo en Bogotá y habló con EL TIEMPO.

 ¿Por qué cambiar el concepto de salud?

Según la OMS, salud es "el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo ausencia de enfermedad". Con esa definición nadie podría ser saludable porque cualquier molestia afecta ese bienestar. Nuestra propuesta es que la salud es la capacidad de las personas o de las comunidades para adaptarse, o para autogestionar los desafíos físicos, mentales o sociales que se les presenten en la vida.

 Entonces, ¿cuál es el papel del médico hoy?

Desde la antigüedad, se decía que es curar pocas veces, aliviar a menudo y consolar siempre. Pero, desde el descubrimiento de los antibióticos, creemos que podemos curarlo todo, y lo pusimos al revés: tratamos de curar siempre, aliviar de vez en cuando y consolar raras veces.

 ¿Y los sistemas de salud?

 No funcionan porque continúan enfocados en eliminar enfermedades, y porque nos enferman. En Estados Unidos la principal causa de muerte es el sistema sanitario, por errores médicos, efectos secundarios de medicamentos y complicaciones de intervenciones, incluyendo infecciones. El 70 por ciento de lo que ocurre en los hospitales no debería pasar ahí. Ir a una consulta a que le chequeen la presión arterial es como ir a la tienda de la esquina a comprar leche en helicóptero.

 Entonces, ¿para qué son los hospitales? 

Para atender solo las enfermedades agudas, como las fracturas, la apendicitis o las que requieren cuidados intensivos porque la mayoría de las dolencias de la sociedad contemporánea son crónicas e incurables, como la artritis, la diabetes o la demencia.

 Usted habla de cambiar modelos, ¿por qué?

Porque todos los modelos que guiaron nuestras vidas en el siglo XX ya no funcionan, se han vuelto nuestros enemigos: el sistema sanitario nos enferma y nos mata, el educativo nos embrutece y el financiero nos empobrece. ¿Y esto qué tiene que ver con la medicina? Hace mucho que esto dejó de ser un tema de medicina. En nuestra red mundial estamos tratando de crear un futuro mejor, con nuevos modelos de cómo vivir, aprender, trabajar, entretenernos, etc.

 ¿Cree que lo va a lograr? 

No, soy un pesimista feliz. Esta es mi estrategia para no frustrarme. No espero que haya cambios. Esto va a ser cada vez peor. Tal vez no tengamos salvación. Pero, como dije, me levanto cada día tratando de probar que estoy equivocado y que sí es posible el cambio. Si no hacemos algo radicalmente distinto, la mejor opción que nos queda para cambiar sería una pandemia, otra peste que elimine a tres cuartas partes de la humanidad.

 ¿Por qué tan trágico? Primero, nos haría menos soberbios. Segundo, seríamos menos y el impacto en el planeta sería menor, y por lo menos nos daría la oportunidad para sobrevivir un poco más como especie. No hay especie que haya sobrevivido dominante ni para siempre. Creo en la Hipótesis Gaia (James Lovelock), que considera a la Tierra como un superorganismo que se autorregula, en el que nosotros nos hemos convertido en una infección. El calentamiento global es como la fiebre; los terremotos, como escalofríos y los tsunamis, como una gripa. La Tierra se está defendiendo y se va a deshacer de nosotros, si no nos portamos bien.

 ¿Qué podemos hacer?

 Entender que está en juego nuestra supervivencia como especie y que los desafíos que enfrentamos necesitan respuestas que trasciendan los nacionalismos o regionalismos triviales. Las tecnologías de la información, en particular las móviles, nos están dando la oportunidad de unir esfuerzos a nivel global para promover altos niveles de bienestar para nosotros y el planeta. Y hay recursos para hacer esto posible. No hay justificación para que más de mil millones de personas en el mundo tengan hambre y no tengan techo, mientras que el consumismo de una minoría amenaza con acabar los recursos finitos que tenemos. Y no son felices.

 ¿Cómo un científico de Oxford termina hablando de este tema?

 Porque lo considero el estado más importante al que podemos aspirar los humanos.

¿Qué puede ser más importante que tener la vida más plena y feliz hasta el último suspiro? ¿Cómo llegó a la felicidad? 

He visto a mucha gente infeliz al final de la vida. Empecé como médico para curar. Luego, me convertí en anestesiólogo para calmar el dolor, pero vi que el dolor y el sufrimiento seguían; entonces me doctoré en tratamiento del dolor. Y, cuando trabajé con desahuciados, descubrí que hay otro dolor más allá del físico.

 ¿Cómo es ese dolor?

Usualmente, es causado por una carga tremenda de remordimientos, de cosas que dejamos sin hacer, de darle poca importancia a lo que es esencial en nuestras vidas y darnos cuenta muy tarde.

 ¿Y estudió científicamente el tema?

 Sí. Descubrí gran cantidad de estudios con respecto a lo que nos puede ayudar a lograr niveles óptimos de felicidad. En mis años de formación, nadie me habló de lo que era una buena vida y una buena muerte, o de mi papel para lograrlo. Ahí, decidí que no iba a ser el médico tradicional y que quería aliviar esos dolores.

 ¿Cómo podemos hacerlo nosotros? 

Entendiendo que es posible, y una vez tengamos nuestras necesidades básicas satisfechas. Y reconociendo que hay mucho que podemos hacer para aumentar nuestros niveles de felicidad y que, en la mayoría de los casos, no cuesta dinero. Todo parece indicar que el 50 por ciento de nuestros niveles de felicidad son determinados genéticamente; el 10, por lo que la plata puede comprar y el 40 restante, por lo que hacemos y pensamos; en esto último están nuestras oportunidades.

 Entonces, ¿el dinero no compra la felicidad?

Hasta cierto punto. Luego de satisfacer nuestras necesidades básicas, parece existir un tope. En Estados Unidos es de unos 70.000 dólares al año. De ahí para allá, no solo no te hace feliz, sino que te perturba.

 ¿Esto es científico?

En su mayoría. Casi todo se puede medir. Hay métodos y muchísimos estudios serios. Se puede, incluso, evaluar el nivel de felicidad que tenemos individualmente y, aun, como naciones. Bután comenzó esta tendencia. Ahora, países como Gran Bretaña y Francia están implementándolo para guiar sus decisiones de gobierno.

 ¿Somos más felices ahora? 

Las cifras de EE. UU. muestran que en los últimos 60 años los niveles de felicidad no han aumentado, aunque los niveles de ingresos sí. Sorprendentemente, las mujeres parecen estar menos felices en la mayoría de los países más avanzados del mundo, no obstante lo logrado con la igualdad de género.

 ¿Cómo podemos buscar la felicidad?

 Preguntándonos qué es lo que más nos hace felices e identificando el verbo que mejor lo representa. En mi caso, lo que más feliz me hace es no saber. Por lo tanto, mi verbo es preguntar. Una vez hayamos definido esto, hay que buscar la mejor manera para conjugarlo tan frecuentemente como sea posible y ayudar a todas las personas a que conjuguen el suyo. Esta tarea, usualmente, no se puede hacer solo: uno necesita ayuda. Me di cuenta de que mi peor enemigo soy yo. Que nadie como yo puede hacerme daño, y por eso creé una junta directiva personal, que incluye a mis hijas, Alia y Tamen, y a mi esposa Martha. Ella me enseñó la importancia de pensar en la máscara de oxígeno. 

¿Qué máscara? 

Yo tenía la manía de complacer a todo el mundo. Mi esposa me decía: "Primero tú". Nunca entendí. Una vez, en un avión, escuché las recomendaciones de seguridad, esas que hablan de las máscaras de oxígeno. "Colóquese la máscara primero, aun si viene con niños", y solo ahí la entendí. Preguntarse lo que lo hace a uno más feliz y proteger su verbo es equivalente. Solo si eres feliz puedes ayudar a los demás.

¿Sabes qué es lo que más feliz te hace? ¿Cuál es tu verbo? ¿Tienes puesta tu máscara de oxígeno? 

 ¿Quién es Alejandro Jadad? Es el científico colombiano de mayor reconocimiento mundial por su trabajo en ciencias de la información y tecnologías aplicadas en salud. Se graduó de médico y anestesiólogo de la Universidad Javeriana, y a los 27 años fue aceptado como estudiante de posgrado de la prestigiosa Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Allí se convirtió en el primer doctor en síntesis del conocimiento de esa institución. Profesor de la Universidad de McMaster (Canadá) y catedrático de la Universidad de Toronto, hoy es conferencista en foros mundiales. "Es claro que lo que se puede contar o medir no es suficiente para entender los aspectos más importantes de nuestras vidas", dice. Por eso, agrega, le ha tocado estudiar también filosofía, teología, historia y arte. 

Fuente: http://www.eltiempo.com/gente/entrevista-al-cientifico-colombiano-alejandro-jadad_12436409-4

domingo, 20 de noviembre de 2011

Entrevista de Jordi Adell en Comunicación y Pedagogía

1.- ¿En qué momento de su carrera profesional empezó a intuir las posibilidades de las TIC en el mundo docente? ¿Cómo integró este interés por la tecnología educativa en sus clases universitarias?

Fue bastante pronto, en el 92 o 93, cuando empezamos a ver la facilidad con la que podía compartirse información en Internet. Primero con Gopher y servidores de ficheros y luego, cuando apareció la web, ya se hizo evidente que la red tenía enormes posibilidades en educación. En aquella época solo tenían acceso a Internet las universidades y centros de investigación, y la cantidad de información que se compartía libremente por la red era ínfima comparada con la actual… y además la mayor parte era sobre la propia red, sus aplicaciones, etc. Pero de alguna manera ya se podía intuir que, si Internet cuajaba y se generalizaba, algo muy grande podía pasar. Las empresas y los particulares todavía no había desembarcado y la red era puramente académica, libre, abierta, gratuita, etc. En aquella época, creo que los usuarios de la Internet en España nos conocíamos personalmente casi todos. Así de pequeña era.

En el año 91 se crea la Universitat Jaume I y comienza con planes de estudio nuevos. Yo paso de dar varias asignaturas de la Licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación a los estudios de Magisterio y me hago cargo de una asignatura, troncal a todas las titulaciones de Magisterio del Estado que se llamaba “Nuevas tecnologías aplicadas a la educación”. Por tanto, desde el principio enseño a los estudiantes a usar la Internet, a buscar información, a utilizar el correo electrónico, a crear páginas web (a mano, escribiendo HTML con un editor de textos llamado BBEdit para el que un compañero, Carles Bellver, había creado unas extensiones (BBEdit HTML Extensions) que automatizaban la inserción de etiquetas (el HTML 1.0 tenía una veintena de etiquetas, nada comparable a lo que ocurre ahora)), a subirlas a un servidor, etc.

Por tanto, mi interés personal por las tecnologías de la información y mis obligaciones docentes estaban perfectamente alineadas. Al mismo tiempo seguíamos explorando y desarrollando ideas en el grupo de trabajo que constituimos informalmente desde el inicio de la conexión a Internet de la universidad: montamos un sistema de información de Campus con Gopher, luego con la web, la base de datos Dónde?, diversos proyectos personales, como repositorios de publicaciones, una revista electrónica literaria, etc.

2.- En 1993, participó en dos proyectos pioneros en el mundo de la tecnología educativa: la creación del primer servidor gopher que se instaló en España y del primer servidor web español registrado internacionalmente. ¿Qué recuerda de esta experiencia? ¿Qué aportó?

Recuerdo que éramos mucho más jóvenes… y que soñaba por las noches con estos proyectos. Recuerdo perfectamente haber soñado la solución a un tema de configuración de Gopher que me había vuelto loco el día antes. Me levanté con la solución en la cabeza, clara y certera. Supongo que lo había leído el día anterior y no me había dado cuenta. Pero fue una época muy intensa y divertida, llena de descubrimientos personales y sorpresas y con una sensación permanente de maravilla. La memoria es selectiva y solo nos acordamos de lo bueno, naturalmente, pero mi recuerdo es de no tener ninguna consciencia de en qué se iba a convertir la Internet, ni de ser pionero de nada, ni nada por el estilo. Nos divertimos mucho.

3.- Unos años más tarde, fue uno de los responsables de Dónde?, una base de datos sobre recursos Internet. ¿Qué nos puede comentar sobre dicho proyecto?

Nació como única salida al proyecto inicial de mantener un mapa “sensible” de servidores web de España, que se había convertido en demasiado grande para gestionarlo manualmente. Empecé simplemente para probar una nueva funcionalidad de la web, los “mapas sensbles”, escaneando un mapa político de España y poniendo en él los 12 o trece servidores web, OPACs de bibliotecas y Gophers que había en la época. Con el tiempo, la Internet creció como la espuma y el modelo de mapas hechos a mano se volvió insostenible. Ahí nació Dónde?, fruto del trabajo de un grupo de gente de la Universitat Jaume I (Enric Navarro, Toni y Carles Bellver, Ismael Sanz y yo mismo). La historia de Dónde? Se puede leer aquí: http://donde.uji.es/themakingof.html

4.- ¿Qué significó para usted el nacimiento del CENT y cómo se produjo? ¿Cuáles son los principales ejes de trabajo de este grupo y cómo se organizan?

El CENT (http://cent.uji.es) es una unidad organizativa de la UJI dedicada a mejorar los procesos de enseñanza/aprendizaje de la Universidad usando las TIC. Fue creado por el Consejo Social en el año 2000 y su misión es actuar como motor de innovación y dinamización del uso didáctico de las TIC en la Universidad. Analizamos tecnologías y procesos, elaboramos recomendaciones y propuestas de implementación, formamos y asesoramos al profesorado en dicho uso, colaboramos con otras unidades en proyectos relacionados con las TIC, etc.

5.- ¿Tan importante es el uso de las TIC en la formación?

Absolutamente. Las TIC son tan importantes como lo fue en su día la imprenta. Solo que la imprenta tardó cientos de años en cambiar el mundo y las TIC lo están haciendo en una generación. Lo estamos viviendo, por tanto es difícil tener perspectiva para calibrar la magnitud y profundidad de los cambios. Y hay fuerzas poderosas que se oponen a todo cambio cuando ven peligrar sus intereses (poder, dinero, influencia, etc.). Pero basta mirar 10 años atrás para ver lo rápido que están cambiando las cosas.

La dirección del cambio no está prefijada de antemano. Es más, no hay “una agenda”, sino varias, y en conflicto, en casi todos los campos en los que las TIC pueden cambiar el estado actual de cosas. Todas esas batallas son parte de un proceso de cambio muy amplio que solo podremos analizar cabalmente en el futuro… que seguramente será una mezcla de lo que deseamos y lo que nos tememos.

6.- ¿Considera que se está haciendo un buen uso de las TIC en las aulas? ¿Cómo debería enfocarse su inclusión en el currículo tanto a niveles básicos como en educación superior?

Creo que, en general, les sacamos todavía poco partido. Las usamos para hacer lo mismo que antes, desde los mismo planteamientos y creencias acerca del conocimiento, la enseñanza y el aprendizaje… salvo excepciones. Quizá pensar solo en “integrar” las TIC en el currículum actual, y quedarnos ahí, implica no apreciar la importancia de la revolución que estamos viviendo. Tanto el currículum actual como la metodología didáctica que aplicamos necesitan una profunda revisión a la luz de los desafíos con los que nos enfrentamos. El actual sistema educativo nació en una época, la revolución industrial, que está desapareciendo ante nuestros propios ojos. Necesitamos una revisión profunda de sus fines, contenidos y métodos.

7.- ¿Qué papel juega (o debería jugar) el profesorado, en general y el universitario en particular, en la expansión de la tecnología educativa?

El profesorado es quien diseña, lleva a cabo y evalúa los resultados de los procesos de enseñanza/aprendizaje en la educación formal. Su papel como agente de cambio (o de freno a la innovación) es esencial. Pero los procesos de innovación son complejos. En el caso de las TIC en educación es necesario no solo una visión compartida, liderazgo, medios que funcionen siempre, soporte y mantenimiento, conocimientos técnicos, ejemplos, incentivos, tiempo, etc., sino también las creencias y actitudes adecuadas sobre la tecnología y, sobre todo, sobre la educación. Un ejemplo, servirá para explicar el papel de las creencias del profesor. Si por educar entendemos “impartir la materia del programa, tal y como se concreta en el libro de texto”, de las TIC solo querremos que nos ayuden a explicar el programa (la PDI), distribuir los “contenidos” (el libro de texto digital o el aula virtual) o ayudar a a los estudiantes a prepararse para el examen (ejercicios autocorrectivos). Si, en cambio pretendemos que los estudiantes resuelvan problemas, sepan buscar, seleccionar, gestionar información y transformarla en conocimiento, quizá el acceso a múltiples fuentes de información y herramientas diversas y la comunicación con otras personas sea una función que las TIC puedan facilitar. La selección de herramientas y su uso dependen del profesor.

Por otra parte, los estudiantes las emplean para sus propios fines. Por ejemplo, para hacer lo que les mandamos los profesores. Si usan Facebook para hablar de sus cosas, también lo usan en sus estudios.

8.- ¿Qué función debe desempeñar la familia en el trabajo con las TIC?

La misma que en toda la educación, especialmente en el periodo obligatorio: escuela y familia debe colaborar. Sin embargo con las TIC ocurre un fenómeno que hace el tema quizá más problemático. Los padres y madres, en ocasiones, se sienten impotentes porque no tienen experiencia previa en el tema. Eso les puede hacer sentir desconfianza y tomar decisiones poco informadas. Por otra parte, los medios de masas, que tienen al alarmismo con una enorme facilidad, tampoco ayudan mucho en este tema. La única solución es estar dispuestos a aprender, en este caso junto a los hijos, y ayudarles con decisiones que la edad y la prudencia aconsejen. Muchos temas además no son cuestión de pericia técnica con las TIC, sino de madurez y sentido común: los límites a la información personal que se difunde en las redes sociales, el acceso a información inadecuada, las conductas imprudentes o sencillamente delictivas lo son con las TIC o sin ellas. Y las familias deben recordar que los niños y adolescentes, por más TIC que usen, no dejan de ser personas en formación cuyas decisiones en algunos temas deben ser supervisadas. Con todo, la mejor manera de evitar los efectos negativos es una buena educación, no la vigilancia constante.

9.- ¿Cómo cree que afectará el uso masivo de las redes sociales al mundo educativo?

Creo que los docentes tenemos que “entrar en el tema”. Ignorarlo, creyendo que no es un tema que nos incumba, que es exclusivamente de las familias, es un error grave. Paralela a nuestro centro o aula, hay una nueva realidad, que es sumamente importante para los jóvenes, y en la que, en muchas ocasiones, no tienen modelos adultos de comportamiento. Las redes son un espacio de socialización y de construcción de su identidad y, si defendemos una educación integral, no podemos ignorar lo que ocurre en ellas. Es más, las redes sociales nos ofrecen oportunidades educativas magníficas. Las redes sociales “forman” a los jóvenes en nuevas formas de comunicación y relación, formas que es probable que tengan gran importancia en el mundo laboral, familiar y en cómo entenderemos la ciudadanía y la participación en los asuntos públicos dentro de unos años.

10.- Finalmente, ¿qué piensa que nos deparará el futuro en lo referente a la tecnología educativa?

Bueno, siempre ha sido más fácil “predecir” el pasado. Hay algunas tendencias que parecen evidentes. La más evidente es la educación “ubicua”, es decir, las oportunidades educativas que nos brindará la generalización de los dispositivos móviles como ventanas a la información y la comunicación. La computación en la nube, la web 2.0 (la web de “lectura y escritura”), etc. son fases o movimientos hacia la invisibilización y ubicuidad de las infraestructuras y servicios TIC. Y todo ello supone un reto muy importante para la educación formal, ligada desde sus orígenes a coordenadas espacio-temporales rígidas. La experimentación con entornos personales de aprendizaje (PLEs) es una de las líneas de investigación didáctica más interesantes. La gente que trabaja en este enfoque diseña procesos de enseñanza/aprendizaje para aprovechar las oportunidades que nos ofrece la tecnología actual y futura. Pero no hay una sola “agenda” tecnológica, hay varias y, a veces, en conflicto. Los interesas de las empresas de tecnología educativa es vender sus productos y ganar dinero, no mejorar la educación. Esa es nuestra misión como educadores.

lunes, 24 de octubre de 2011

Educar es más que enseñar


Mariano Martín Gordillo: "Educar es mucho más que enseñar: es humanizar"


Manuel Crespo. OEI-CAEU-AECID. Mariano Martín Gordillo es profesor de educación secundaria desde hace casi 25 años. Trabaja en Avilés, una ciudad del Principado de Asturias, en el norte de España, donde da clases de Filosofía, Ética y también sobre temas relacionados con ciencia, tecnología y sociedad. Sobre su propia experiencia como estudiante, recuerda lo siguiente: "Cuando yo era alumno, los pupitres estaban clavados en el suelo y formaban filas de a dos, mirando siempre a la pizarra, donde estaba el profesor. Él hablaba siempre, nosotros pocas veces. Él preguntaba y nosotros debíamos responder. Eso era lo que se esperaba de nosotros: el silencio, las respuestas y, si se daba el acaso, alguna pregunta pertinente. Aquello no me gustaba. A mí me gustaba y me gusta hablar. Por eso ahora tiendo a hablar mucho cuando me invitan a hacerlo con otros profesores y a hablar menos cuando estoy con mis alumnos, para que sean ellos quienes lo hagan".

Alrededor de esta inquietud giran algunos de los conceptos que el profesor expondrá durante la entrevista, dedicada en su mayor parte a la inclusión de las nuevas tecnologías en el aula. Martín Gordillo, que también es miembro de la Comisión de Expertos de la OEI, dice que está de acuerdo con la llegada de ordenadores, entornos virtuales y libros-computadora, siempre y cuando estos progresos nunca dejen de ser lo que son: una herramienta para asegurar la participación cada vez más integral del alumno en la clase y la construcción de un espacio en el que primen el diálogo y el intercambio como principales métodos de enseñanza.

PREGUNTA: El aula de la escuela no ha cambiado en muchísimo tiempo. Siguen estando el pizarrón y la tiza, mientras que afuera las tecnologías evolucionan sin cesar. ¿Cómo puede hacer la escuela para capturar la atención del alumno de hoy, que está muy pendiente de los actuales cambios tecnológicos?

RESPUESTA: Creo que hay que pensar en términos de metáforas. Me refiero a la lógica 2.0 de la que tanto se habla, a la integración no mediada por el espacio y el tiempo. Sería interesante verla como una metáfora de la relación educativa. Durante un tiempo Internet fue 1.0. Hubo unos poquitos años de redes escaparates, de páginas que mostraban cosas y se suponía que uno era un mero espectador. Y en ese sentido el 2.0 es una metáfora de lo que puede ser el ámbito escolar. No es tanto cómo entran las TIC como artefactos en el aula, sino de qué manera podemos hacer que el aula recupere la dimensión dialógica que siempre debió tener. Porque en los orígenes de la educación estaba el diálogo. Parece que eso se nos ha olvidado. Las primeras reflexiones de la educación están en Platón. El espacio público que era el ágora, el espacio de encuentro en las polis griegas, donde se intercambiaban y se compartían razones. Es aquello lo que podemos y debemos recuperar en el ámbito escolar. Hoy en día, muchas aulas son un escenario demasiado contemplativo donde alguien habla y alguien escucha, pero podría ser un espacio dialógico que tuviera además una ventaja frente a los otros entornos: junto a los alumnos hay un adulto. Y ese adulto, que teóricamente tiene contacto con un conocimiento que viene de antes, es una oportunidad que en otras redes sociales los jóvenes no van a tener. En el mundo de la comunicación virtual, la comunicación intergeneracional no es tan fácil. El aula es una oportunidad para ello se produzca.

P: ¿Qué beneficios podrían traer innovaciones como el e-book a la enseñanza?

R: Respondo a esta pregunta a comienzos del 2010, cuando se anuncia la llegada del iPad, y con eso me excuso de que con el tiempo lo que ahora digo pueda resultar ingenuo o descaminado. Sin embargo, tengo ciertas expectativas hacia estos nuevos cacharros, no sólo por lo que tienen de novedad, sino también por lo que tienen de viejo. Para los nativos digitales puede ser novedoso un artilugio que les pone adelante la inmensidad de la cultura del libro. Para los inmigrantes puede ser amigable un dispositivo digital con el que pueden interactuar sin perder algunos de los códigos del mundo comunicativo del que proceden. Creo que, sobre todo en las aulas, las TIC pueden ser un interesante lugar de encuentro entre ambas especies generacionales. Al menos como escenario de transición, me interesa ver la forma en que esos nuevos artefactos pueden llegar a ser útiles para que las lógicas 1.0 y 2.0 puedan encontrar un puente en las aulas.

P: ¿Y qué piensa de iniciativas como las de "una laptop por niño"?

R: No seré yo quien se oponga a que todos los niños del mundo accedan a recursos de los que yo disfruto desde hace tiempo. Es evidente que nunca debe ser visto como problema que todos los niños tengan un ordenador, pero tampoco creo que deba ser considerado como la única solución. Como mucho es una parte de las soluciones que requieren los muchos problemas educativos existentes en los entornos más carenciados. Me gusta esa imagen de los niños, y sus familias, disfrutando con el mundo al que acceden a través de esos pequeños ordenadores, pero no me gusta ese discurso que a veces acompaña a estas iniciativas, según el cual los niños pueden ser educados casi sin maestros. También me preocupa la sostenibilidad de esas iniciativas: su visibilidad inmediata no siempre se conjuga con suficientes garantías de reposición y continuidad.

P: ¿Cuál será, en lo específico, el rol del maestro dentro de un esquema que integre a las nuevas tecnologías?


R: Será el artesano del diálogo. Tendrá que generar el contexto y hacer posible un espacio donde se pueda intercambiar, crecer y aprender intercambiando. Más que preocuparse por qué conocimientos debe llevar al aula -eso es una cuestión superada: los conocimientos están constantemente en todos los lugares-, deberá preocuparse por cómo crear dispositivos y situaciones de organización que favorezcan el acceso al conocimiento y su discusión. Otra cuestión que está presente es que el aula se concibe como un lugar donde sólo ocurre una transmisión de conocimientos, pero no se plantea como un espacio de cuestionamiento de conocimientos, de intereses, de valores.

P: Cuando habla de educación unidireccional, ¿por qué cree que hasta el momento se ha educado así?


R: Desde que existe la escolarización masiva, todos hemos sido educados en un aula. Todos tenemos una idea de lo que es o debe ser un aula. La transformación de esa tecnología supondría una renuncia a los preconceptos que uno tiene sobre cómo debe ser la educación. Nuestra aula no era dialógica, de modo que tenemos que crear escenarios de relación que no tenemos en nuestra memoria. Creo que esto es un obstáculo importante para el cambio. Haber sido educados de cierta manera supone un lastre muy grande para todos. Por eso los modelos son tan importantes. Aprender como docentes a crear otros escenarios de participación en el aula es vital. Si no lo haces, no te das cuenta de cómo se puede hacer. No es una cuestión teórica.

P: Dentro de un potencial esquema dialógico, ¿no hay riesgo de que se produzca una descentralización de la autoridad?

R: ¡Hombre, la descentralización nunca es mala! La autoridad concebida como el espacio donde yo hablo y tú te callas es una autoridad no democrática. La superación de este modelo autoritario -que no es autoridad sino autoritarismo- me parece perfecta. La autoridad es otorgada por la legitimidad que tiene tu rol. Es una legitimidad en ejercicio, en la medida en que el maestro sea capaz de crear situaciones y aportes a los alumnos. Se trata de un rol muy importante: en un espacio de debate la voz del profesor siempre es una voz autorizada, pero no solamente porque sea la del profesor, sino porque aporta o incorpora objetos que no están en el escenario mental de los niños. La voz del maestro debe ser respetada por lo que dice, no por quién lo dice. Claro, esto supone un paso previo que es muy importante: el profesor tiene que contar con una densidad cultural que esté por encima del nivel medio de las familias de sus alumnos. Esto es crucial. Sin un cierto nivel cultural, sin un cierto interés por la cultura en el rol del profesor, el aula es un escenario problemático. Y eso tiene que ver con algunos contextos nacionales, donde la formación del profesorado está en baja.

P: ¿Cómo se puede establecer un diálogo horizontal entre maestro y alumno si se tiene en cuenta que las competencias de uno y otro no son las mismas?

R: Es evidente que las competencias no son las mismas, pero el que yo planteo no es sólo un diálogo entre dos sujetos, sino entre muchos más. El diálogo más vivo, y quizá más rico educativamente, es el que se da en el aula entre los propios alumnos. Ellos también son diversos en competencias, intereses y actitudes, pero esa diversidad es muy fértil si se sabe aprovechar educativamente. Ahí es donde entra el docente como organizador crucial de la comunicación en el aula, como experto competente en propiciar espacios para la interacción y la cooperación. Su competencia epistemológica en las materias que enseña es muy importante, pero no lo es menos su densidad cultural general o su capacidad para generar espacios propicios para el diálogo, la colaboración y el aprendizaje. Ser un docente competente es, por tanto, mucho más que ser un docente bien formado en una disciplina. Son competencias que se adquieren con una sólida formación inicial. Y también con una formación continua que permita al docente aprender con sus compañeros y aprender de las mejores experiencias que ellos le puedan aportar.

P: Llegado un momento, también se discutirán los contenidos de enseñanza…

R: Si, pero eso será tan sencillo como abrir un poco las ventanas a la vida. Los contenidos que tradicionalmente estaban presentes en los libros de texto tenían que ver con saberes disciplinados tradicionalmente por la academia, por la escuela, por la historia. Es el formato de la enciclopedia del siglo XVIII: un saber ya estructurado en cada escuela, con un currículo ordinario. Pero si miramos cómo es y cómo se difunde el saber, en los medios de comunicación encontramos una metáfora muy clara de lo que podemos hacer en la escuela. En el contexto de la ciencia, por ejemplo, el contenido científico no es un contenido de saber puro: hay un saber que tiene que ver con el hacer, con la tecnología, y también con la controversia, con los problemas. Es decir, sobre todo el contenido científico, un porcentaje altísimo de lo que los medios de comunicación incorporan no tiene que ver sólo con cuestiones de hecho o de saber, sino también con cuestiones de deber, con controversias de carácter valorativo. Incorporar en el aula toda la ciencia real -no solamente la ciencia conceptual, sino la ciencia controvertida, la ciencia que está en la agenda de las decisiones macro y micro, aquellas que tienen que tomar tanto el ciudadano particular como el conjunto de la sociedad- es una buena forma de hacerlo. Llevar los periódicos al aula y ver cómo se maneja el conocimiento científico en la prensa, cuándo la prensa lo hace bien y cuándo lo hace mal, es una de las herramientas más útiles para entender cómo debería ser el cambio de los contenidos.

P: ¿Se debería poner en duda la obligatoriedad de la educación formal?

R: ¡Hombre! Jamás deberíamos poner el acento en esa idea. La educación ha sido y es un bien social indiscutible. Los pueblos que han apostado por escolarizar a más gente, durante más tiempo y en mejores condiciones, son los pueblos que más han progresado. La extensión de la obligatoriedad -no en el sentido del encerramiento, sino simplemente de la obligación de los Estados de proveer servicios educativos a todos los ciudadanos, de la obligación de los padres de manejar el tiempo para que sus hijos estén en las aulas y de la obligación de los niños de asistir a clase- no debe ser relativizada bajo ningún aspecto.

P: Algunas TIC ya se usan en las escuelas, pero aún no hay un programa que explique los cambios que implican esas nuevas tecnologías. ¿Los estudios CTS podrían ayudar en ese sentido?

R: Sí, creo que son fundamentales. En el enfoque CTS hay una nueva mirada que es muy positiva. Muestra qué son la ciencia y la tecnología y cómo están afectadas por la historia y la vida social. Las sociedades están presentes en la propia construcción de la verdad, así que no hay verdades puras y aisladas del contexto en las que han nacido. Los estudios CTS, para la ciencia que se muestra en las aulas, también evidencian que la ciencia es humana e incorpora las condiciones que permitieron su gestación. Incluso la otra parte de los estudios CTS -aquella más involucrada en temas como la participación pública, el cambio social y demás- sería de mucha utilidad en el aula. La clase debe convertirse en un escenario donde los chicos puedan aprender a tomar decisiones en relación con la ciencia y la tecnología. Yo suelo hablar de dos paradigmas en educación. De un lado estaría el escenario siempre conocido, el paradigma narrativo y contemplativo, donde el aula es un espacio físico en un sentido tradicional y donde se construyen relatos que se transmiten. Aquí estamos hablando de narraciones y de una actitud contemplativa por parte del educando. Del otro lado nos encontramos con el paradigma dialógico-participativo. El que va a llevar la organización del espacio tiene que promover el diálogo, mientras que el alumno es un sujeto que se educa participando. Allí está la clave del cambio, pero vuelvo a lo de la memoria que dije antes: en el tránsito del paradigma narrativo-contemplativo al dialógico-participativo, no hay que descontar que todos hemos sido socializados en el primero. Este punto debe ser tenido muy en cuenta, ya que implica un obstáculo que no es menor a la hora de modificar el esquema tradicional de enseñanza.

P: En definitiva, ¿está de acuerdo con la implantación de TIC en las escuelas?

R: Una respuesta negativa a esta cuestión sería tan patética como seguir aferrado a la pluma y al tintero cuando ya se dispone de bolígrafos, o como oponerse al uso de los libros tras la invención de la imprenta. Pero más allá de lo obvio, conviene que nos demos cuenta de que asistimos a un cambio histórico descomunal. No se trata sólo de la entrada de cacharros digitales en las aulas. La escuela tuvo durante mucho tiempo funciones alfabetizadoras y ése fue el saber hacer propio que la hacía socialmente imprescindible. Sin embargo, el mundo digital no requiere tanto, al menos no como el mundo académico, de enseñanzas específicas para entrar en él. Pero sí puede seguir siendo relevante una educación para las nuevas formas de socialización en los nuevos entornos virtuales. Sigue siendo importante diferenciar entre enseñar y educar. Al aludir a una educación para los nuevos entornos virtuales no quiero referirme a esas ñoñas cantinelas llenas de prevenciones que insisten en educar frente a los peligros de esos nuevos entornos. Se trata, más bien, de instalar un nuevo contrato educativo en el que sea posible entender que, para muchas de las competencias que los nativos digitales necesitan, siguen siendo funcionales las aulas presenciales. El diálogo en el ágora, la participación cooperativa en el aula y la interacción en las redes sociales forman un continuo históricamente coherente. Lo que no es coherente es imaginar tarimas 2.0 o insistir en perpetuar formatos de aulas como la de la película Entre les murs. Si nos enrocamos, como muestra esa película, en el rancio paradigma narrativo-contemplativo, la escuela tendrá poco futuro y se quedará petrificada, añorando un tiempo que ya no existe. Los pesimistas disfrutan de esa película porque confirma su visión apocalíptica sobre el presente y sus pronósticos agoreros sobre el futuro. Bienvenidas sean pues las redes digitales y las TIC en las aulas, aunque sólo sea para que nos enredemos buscando la manera de disolver esos muros simbólicos que a veces han aislado a la escuela del mundo.

P: Recién dijo que "enseñar" y "educar" son dos conceptos distintos. ¿Podría decir algo más al respecto?

R: Efectivamente, hay diferencias significativas. La educación es más que la enseñanza. Incorpora ese valor añadido que le da sentido a ésta última. Educar es humanizar, favorecer el desarrollo de las potencialidades de las personas. Antes se consideraba que ese proyecto podría lograrse sumando las enseñanzas de los distintos campos del saber, pero hoy sabemos que eso no es suficiente. Siendo muy importante, la mera instrucción no conduce a una educación integral. De la suma de los saberes conceptuales no emergen las actitudes que permiten a las personas valorar el mundo en el que viven y apreciarlo. A valorar se aprende valorando y a participar se aprende participando. Quizá en esos verbos se sitúe ese valor añadido que tienen los buenos sistemas educativos sobre los buenos sistemas de enseñanza.

P: ¿Cuál es hoy el rol del examen en la escuela?

R: Muchas veces les digo a mis alumnos que la lógica de los exámenes se parece a la de un simulacro teatral: ellos hacen como que dominan ciertos contenidos en una fecha determinada y yo hago como que lo constato para siempre. Todo se basa en que nadie se salga del guión ni de la fecha. Si se pregunta o se responde lo que no toca o cuando no toca, todo se desmorona. ¿Aprobaríamos el último examen que hicimos si tuviéramos que repetirlo sin aviso un año después? La lógica del examen no es la de la buena educación, ni siquiera la de la verdadera enseñanza ni la del verdadero aprendizaje. Es la lógica de la acreditación, la del valor de cambio de lo que la escuela certifica frente al valor de uso de lo que la escuela promueve o debería promover. El problema es que esa escenificación impregna nuestra cultura escolar desde que somos alumnos y hace que un mecanismo tan simple como el del examen monopolice muchas veces la interpretación de lo que es, lo que puede ser y lo que debe ser la educación. Usando términos chomskianos, los exámenes muestran actuaciones, pero no siempre demuestran competencias. Lo educativo está en lo potencial, en las competencias, mientras que lo instructivo está en los actos, en las pruebas. El examen se ha convertido en un artefacto escolar que condiciona muchas otras cosas, pero esa pretendida objetividad acaba condicionando los roles y las posibilidades de interacción de los sujetos de la relación educativa. Cuando el alumno le pregunta al docente "Profe, ¿esto entra en el examen?", está haciendo, sin saberlo, una lúcida denuncia de lo que sucede: lo único que tiene valor es lo que se evalúa.

P: ¿Considera que algo debería cambiar?

R: Sí. Para empezar, convendría cambiar las actitudes hacia la escuela y hacia lo que sucede en ella. Últimamente parece que está de moda decir que la escuela está en crisis, que las nuevas generaciones son intratables y que los docentes no podemos hacer nada. Esa es una buena forma de intentar convertir un mal diagnóstico en un pronóstico peor. Pero la realidad de las aulas no es así. Y lo que es más importante: no debe ser así. Las nuevas generaciones son lo más importante que tiene una sociedad. A diferencia de muchos de los que opinan sobre los jóvenes desde lejos y con desconfianza, quienes trabajamos cada día con ellos podemos constatar que los de hoy no son peores que los de otros tiempos. Al contrario, nacen en un mundo mucho más ancho y abierto a sus inquietudes y, por ello, son muchos más los que pueden formarse y hacerlo en sentidos mucho más variados. Yo tengo confianza en estas nuevas generaciones que se mueven con desparpajo en los nuevos entornos virtuales. Las escuelas que tienen problemas no requieren discursos pesimistas o excusas para no afrontarlos. Pero también pienso que en la escuela hay cosas muy importantes que conservar. Por ejemplo, la voluntad de educar: esa vocación de los docentes, esas decisiones de los políticos y esa complicidad de la sociedad que han permitido durante décadas que en todos los lugares del mundo donde se ha ensayado sea siempre cierto que más educación es igual a más progreso social y a más felicidad individual. La novedad en los últimos tiempos es que podemos hacer que ese proyecto alcance a todos.